Ser puntual y previsor tiene su recompensa en el transporte aéreo. Por lo general, se aconseja a los pasajeros acudir con tres horas de antelación a los vuelos internacionales y dos a los vuelos nacionales o domésticos. Hay razones de peso para seguir esta norma no escrita e incluso incrementar el margen de tiempo disponible. Por un lado, impide que los retrasos —motivados por las retenciones de tráfico, la búsqueda de Parking Aeropuerto Santiago, etc… interfieran en la hoja de ruta de los viajeros.
La hora límite de embarque es inaplazable, y la acumulación de retrasos e incidentes puede dejar en tierra firme a los usuarios menos precavidos. Informarse sobre el estado de las carreteras, completar el check-in online o reservar días antes el aparcamiento son prácticas recomendadas, pero durante las horas previas al vuelo pueden surgir contratiempos como los fallos informáticos o los problemas con la documentación. Gestionar estas incidencias es fácil cuando se dispone de unos minutos extra en el bolsillo, por así decirlo.
Organizarse contemplando estos retrasos impide que tengan un impacto significativo en el plan inicial y concede un margen adicional para solventar cualquier problema de última hora. Las colas en los controles de seguridad y mostradores de facturación pueden comprometer el embarque de aquellos viajeros que acudan con el tiempo justo.
Ser de los primeros en llegar al aeropuerto previene los riesgos del overbooking. Las reclamaciones por sobreventa de billetes están a la orden del día en todas las aerolíneas, pero los pasajeros pueden «proteger» su asiento si acuden temprano.
Es más, completar el check-in presencial con suficiente antelación permite optar a un mejor asiento. Este upgrade es muy apreciado por los clientes de aerolíneas, y aunque solicitarlo temprano no garantiza nada, aumenta la probabilidad de volar en clase business con un billete de clase turista.