Si uno se detiene a contemplar la majestuosidad de este archipiélago gallego, con sus playas de arena blanca que rivalizan con el Caribe y sus acantilados esculpidos por milenios, es inevitable que una pregunta surja como la marea en la mente curiosa: ¿cómo demonios llegaron estas islas a ser lo que son? La respuesta, damas y caballeros, se halla en un relato que se extiende a lo largo de eones, una epopeya rocosa y líquida que conocemos como la evolución geológica de las Islas Cíes, un proceso tan fascinante como complejo, donde la Tierra se tomó su tiempo para diseñar una obra maestra. Es un cuento de colisiones continentales, bailes glaciares y un sinfín de chapuzones oceánicos que, francamente, harían palidecer cualquier melodrama humano.

Imaginemos, por un momento, un pasado tan remoto que nuestros cerebros apenas pueden asimilarlo. Hablamos de hace aproximadamente 300 millones de años, en plena orogenia Varisca, cuando continentes enteros chocaban con una fuerza inimaginable, elevando cadenas montañosas tan altas como el Himalaya actual. En este crisol geológico, las rocas que hoy forman el esqueleto de las islas —principalmente granitos de composición variada, pero con un claro predominio— se estaban forjando en las profundidades, bajo presiones y temperaturas extremas. No penséis en playas paradisíacas ni en gaviotas, sino en un mundo de roca fundida y presiones tectónicas dignas de una película de ciencia ficción. Fue un proceso lento, tortuoso y sin duda ruidoso, aunque en aquel entonces no había nadie para oír el estruendo de la Tierra remodelándose a sí misma. Estas rocas ígneas, una vez cristalizadas y solidificadas, se convertirían en los cimientos inamovibles sobre los que se construiría todo lo demás, la espina dorsal granítica que hoy resiste los embates del Atlántico con una estoica indiferencia.

Tras la forja inicial, la obra maestra de la naturaleza pasó por una fase de “paciencia geológica”, que para nosotros sería una eternidad de bostezos. Durante millones de años, las fuerzas de la erosión empezaron a trabajar sin prisa pero sin pausa. Vientos, lluvias, ciclos de hielo y deshielo actuaron como escultores invisibles, desmantelando las montañas variscas y exponiendo lentamente los granitos más resistentes. Es como si la Tierra tuviese un plan de desarrollo a larguísimo plazo, donde cada granito tenía su momento de gloria para emerger de las entrañas del planeta. Posteriormente, el bloque continental donde se asienta la Península Ibérica comenzó a fracturarse y rotar, abriendo lo que hoy conocemos como el océano Atlántico. Este “divorcio” continental no fue precisamente amistoso y generó tensiones que fracturaron la roca, creando sistemas de fallas y diaclasas que serían cruciales para la forma futura del paisaje. Estas fracturas son, en esencia, las líneas por donde el agua, más adelante, se colaría para acelerar su trabajo de modelado, aprovechando la debilidad inherente de la roca.

Y entonces llegó el agua. No solo el océano en su vaivén diario, sino los cambios drásticos en el nivel del mar asociados a las sucesivas glaciaciones cuaternarias. Durante los periodos glaciales, enormes volúmenes de agua quedaban atrapados en los casquetes polares, provocando una caída global del nivel del mar de hasta 120 metros. Cuando los hielos se derretían, el nivel del mar ascendía. Este constante sube y baja actuó como un cepillo gigante sobre la costa, remodelando valles fluviales que, en épocas de mar bajo, eran simples ríos que fluían hacia el océano abierto. Con el aumento del nivel del mar posterior a la última glaciación, estos valles se inundaron, dando origen a las rías gallegas. Las partes más elevadas de estas antiguas cuencas fluviales, las colinas y montañas de granito que mejor resistieron la erosión, quedaron como islas emergentes en un mar que había invadido su territorio. Así es como las islas de Monteagudo, do Faro y San Martiño se convirtieron en centinelas solitarias, vigilando la entrada de la ría de Vigo, testigos silenciosos de un pasado tumultuoso. Es una metáfora preciosa, ¿verdad? Pequeñas cumbres que, en un giro del destino, se vieron rodeadas de agua, transformándose en paraísos inaccesibles.

Pero la historia no termina con su nacimiento como islas. La “adolescencia” del archipiélago ha sido un proceso continuo de perfeccionamiento. El viento y las olas del Atlántico, esos dos artistas incansables, han continuado cincelando los acantilados, formando las cuevas marinas y modelando las playas. La arena de Rodas, por ejemplo, no es solo arena; es el resultado de la trituración incesante de granito por la fuerza del mar, mezclada con conchas y restos orgánicos, transportada y depositada con una precisión matemática por las corrientes. La dinámica de las dunas, que hoy estabilizan parte de la costa, es un ecosistema vivo y cambiante, un recordatorio de que la naturaleza nunca da nada por sentado. Cada rincón del archipiélago, desde sus rocas más antiguas hasta su arena más reciente, narra una parte de esta increíble biografía geológica, una narrativa que, aunque invisible para el ojo inexperto, es la verdadera esencia de este paraíso.

El paisaje que hoy admiramos es, por tanto, una instantánea en una película de miles de millones de años, el resultado de fuerzas titánicas que han moldeado la superficie de nuestro planeta con una paciencia divina y una creatividad sin límites. La próxima vez que pises sus playas o mires sus acantilados, recuerda que no estás simplemente viendo un paisaje bonito; estás contemplando la manifestación de un baile cósmico, un drama geológico que ha tenido lugar a lo largo de eones, y del que, por un breve y afortunado momento, somos testigos privilegiados. Es la prueba palpable de que la Tierra tiene un sentido del humor peculiar y un talento innegable para la escultura a gran escala, creando joyas naturales cuando menos te lo esperas.

By lola