Hay una frase que suelo repetir cuando el termómetro empieza a castigar en el centro de la península: “Yo no busco el sol, busco la luz”. Y es que visitar Galicia en verano no es solo un viaje geográfico; es un cambio de estado de ánimo. Mientras media España se refugia bajo el aire acondicionado, yo prefiero subir al norte, cruzar el túnel de la Cañiza y sentir cómo la temperatura cae esos grados necesarios para volver a respirar.

Mi verano gallego comienza siempre con el mismo ritual: bajar la ventanilla al entrar en las Rías Baixas y dejar que el olor a salitre y pino invada el coche. No hay azul que se compare al del Atlántico cuando golpea las rocas en la Costa da Morte o cuando se calma, casi como un plato, en las aguas turquesas de las Islas Cíes. Precisamente allí, en lo que muchos llaman el Caribe gallego, aprendí que la felicidad consiste en hundir los pies en arena fina y blanca, aunque el agua esté lo suficientemente fría como para recordarte que estás vivo de un solo golpe.

Lo que más me fascina de Galicia en esta época es su capacidad para ofrecer un refugio para cada tipo de viajero. Un día puedo perderme en los senderos sombreados de las Fragas do Eume, donde el verde es tan intenso que parece irreal, y al siguiente puedo estar disfrutando de una fiesta gastronómica en cualquier pueblo marinero. Porque esa es otra: el verano en Galicia se come. No hay mayor placer que sentarse en una mesa compartida en una fiesta del pulpo o del pimiento, donde el vino fluye, las gaitas suenan de fondo y el tiempo parece haberse detenido en una época más sencilla y auténtica.

Pero lo que realmente me hace volver año tras año es la luz de las diez de la noche. Esas tardes eternas en las que el sol se resiste a morir tras el horizonte del mar, tiñendo de naranja los hórreos y las iglesias de granito. Es el momento de la calma, del jersey sobre los hombros y de las cenas en terrazas que se alargan hasta la madrugada sin sudar ni una gota.

Visitar Galicia en verano es reconciliarse con los sentidos. Es el crujido del pan de Cea, el frescor de la lluvia inesperada que llaman “morriña” y la hospitalidad de una gente que te hace sentir que, aunque no hayas nacido allí, esa también es tu casa. Al final, cuando toca emprender el camino de regreso, siempre me llevo conmigo lo mismo: la piel fresca, el estómago lleno y la promesa de volver antes de que el próximo verano sea solo un recuerdo.

By lola