Nadie presume de tener que ir a un curso de recuperación de puntos. Es una de esas cosas que suceden poco a poco, multa a multa, hasta que un día recibes esa carta de la DGT que te hiela la sangre. En mi caso, no fue por una infracción grave, sino por el goteo constante: un despiste con el móvil en un semáforo en la Calle Urzaiz, un exceso de velocidad en la Avenida de Madrid volviendo a casa con prisa, un aparcamiento indebido… Y así, casi sin darme cuenta, me vi con el saldo tiritando y la obligación de pasar por la autoescuela.
Elegí una autoescuela recuperación de puntos Vigo y me inscribí con una mezcla de fastidio y vergüenza. Me imaginaba doce horas de un sermón monótono y condescendiente, una especie de penitencia en una sala con luces fluorescentes. El primer día, mientras entraba, sentí que todos los que estábamos allí compartíamos la misma mirada de resignación. Éramos un grupo de lo más variopinto: un repartidor que necesitaba el carné para trabajar, una señora que no entendía una nueva señal, un chaval joven… Todos unidos por nuestros errores al volante.
Sin embargo, mis prejuicios se desvanecieron pronto. El instructor, un hombre curtido en mil batallas de asfalto, no estaba allí para juzgarnos, sino para sacudirnos. Las primeras horas fueron un baño de realidad. No se limitó a recitar el código de circulación; nos mostró vídeos e informes de accidentes reales. Nos hizo calcular distancias de frenado, nos habló del «efecto túnel» de la velocidad y, sobre todo, nos confrontó con las consecuencias de esa distracción de un segundo para leer un WhatsApp.
Fue en esas charlas donde ocurrió el cambio. Dejé de sentirme una víctima del sistema de puntos para empezar a entender el porqué de cada norma. Las conversaciones en la pausa del café eran una terapia de grupo improvisada. Cada uno contaba su historia, y te dabas cuenta de que la línea que separa una multa de una tragedia es, a menudo, muy fina.
Salí de allí con mis seis puntos recuperados, pero, sinceramente, eso fue lo de menos. Lo importante fue el «clic» en mi cabeza. Ahora, cuando conduzco por la Gran Vía o cojo la AP-9, ya no solo pienso en los radares. Pienso en la distancia de seguridad, en los ángulos muertos y en que la prisa nunca justifica el riesgo. Fue una lección de humildad necesaria que, aunque me costó tiempo y dinero, me ha convertido, sin duda, en un conductor más consciente.